Existe un tipo raro de persona que lleva la fantasía entera en la mirada. Yo, que solo entiendo del calor de la tierra y de la profundidad del océano sin haber visto nunca el mar, no sabía cómo leer el frío. Hasta que vi a alguien que creció jugando en la nieve donde el cielo se cae a trozos de hierro caliente, recogiéndolos como quien junta conchas en la orilla. Una niña que lanza hechizos como quien cuenta olas.
Era una bruja. O una aprendiz de bruja, todavía. Allí, bajo el frío caótico de un horizonte vacío, la vi jugar con espíritus y mensajes fantasma con tanta naturalidad que a mí, por alguna razón, no me dio miedo. Su inocencia infantil se notaba aun cuando me vio a mí: uno más, solo un espectro entre las docenas con los que conversaba.
Al darse cuenta de mi presencia, dejó caer un trozo de mineral celeste que todavía humeaba. No parecía haberle quemado. Allí se detuvo, y las demás sombras parecieron enterarse de que me miraba. Tras años vagando por este plano sin recordar mi nombre, sin conocer una historia previa al primer paso que di en el mar de nieve, a los demás les parecía raro. Pero a ella, solo curioso.
Me acerqué al pedazo de metal aún caliente sobre la nieve. Se supone que las sombras no sienten el calor, pero al rozar la superficie sentí un latido, como si la tierra y el cielo estuvieran discutiendo en silencio. Tocarlo del todo me habría hecho daño, seguro.
No me preguntó de dónde venía. No le hacía falta; en su mirada no había duda. Ella no veía a un fantasma más: veía al hombre que intentaba recordar su propio nombre bajo tres capas de piel. Tiempo después entendería su familiaridad con el asunto: ella misma había nacido revestida con once capas propias.
Lo que pasó a continuación fue digno de una partida de ajedrez. La diferencia era que esta vez se jugaba entre un fantasma ancestral de tres pieles y una niña-bruja nacida en las estepas heladas donde el cielo viene a morir.
Cada frase pronunciada era un movimiento en el aire helado; cada silencio, una pieza enviada al fondo del tablero.
- Te estás congelando por dentro - dijo ella, con la soltura de quien conoce el invierno de memoria.
- Es el único modo de no quemarme con lo que llevo dentro - respondí, apartando la mirada del mineral que aún humeaba a nuestros pies, sintiendo un pequeño chispazo de orgullo por haber tenido una respuesta certera a mano. Directamente de la más orgullosa de las tres pieles.
Ella sonrió apenas, una sonrisa antigua que no pertenecía a su edad, y dio un paso hacia mí. Con ese único gesto me acorraló sin violencia, deshaciendo la primera de mis tres pieles como quien quita la escarcha de un cristal.
Así, tan de cerca, ya no era una niña. Tenía milenios de experiencia en la mirada, aunque sus mejillas rojas y la punta de su nariz dijeran lo contrario. Parecía haberme visto miles de veces. Con una sola mirada me reconoció. Sintió inmediatamente lo que yo quería, lo que ansiaba, lo que buscaba. Pero no me lo dio. Prefirió jugar.
Me arrodillé. Era lo justo, lo digno, lo legítimo.
Me arrodillé ante ella y, de pronto, me puse a su altura. Aquella niña no era una cualquiera: llevaba a sus espaldas todas las vueltas que da la luna alrededor de la tierra. Se comunicaba con la luna, incluso; así eran sus ojos. Un verde etéreo capaz de leerme entero, de saber quién soy, de descifrar cuál de las tres pieles le gusta más y en qué momento.
Me siguió hablando. Provocándome. Para que yo mismo, de manera socrática, descubriera quién soy en realidad, sin que tuviera que decírmelo.
- ¿Cuál de los tres asume el control cuando tienes miedo? - fue su primera pregunta, inclinando la cabeza con esa curiosidad afilada de un gato (o de una niña-bruja).
- El que intenta proteger a los otros dos - dije, sintiendo la nieve derretirse bajo mis rodillas.
- Te equivocas - susurró, rozándome la frente con la yema de un dedo que no olía a escarcha, sino a pólvora y estrellas viejas -. El que habla cuando tienes miedo es el que aún no ha aprendido a nombrarme.
No entendí a qué se refería, al menos no en ese momento. La cruda verdad es que a mí no me importaba la pregunta que hacía; menos aún me importaba la respuesta que le pudiera dar. Cuando me corregía era cuando finalmente sabía quién era yo: un mero fantasma, una simple sombra. Me encontraba más y más a cada palabra.
- ¿Y cuál de los tres es el que siente vértigo cuando te miro? - preguntó, acortando la distancia.
- El que aún cree en los milagros - respondí, aunque tenía ganas de decirle que los tres, por razones obvias.
- ¿Y cuál de las tres pieles es la que quiere huir cuando la noche se vuelve demasiado honesta? - inquirió, trazando un círculo invisible en el aire helado con su pequeñina mano.
- La piel que teme dejar una marca en la nieve que nadie pueda borrar. - Me pareció facil.
- ¿Y cuál de los tres responde cuando te pregunto si vas a esperarme?
- El que ya no tiene adónde ir - dije. "Porque ahora solo hay un destino", pensé, pero no lo dije.
- ¿Y cuál es el que promete no romper nada mientras aprende a quedarse? - añadió, dando un paso más, tan cerca que el vapor de su aliento me rozaba las mejillas.
- El que ha olvidado lo que significa poseer algo. - Porque hace ya mucho tiempo que dejé de ansiar poseer nada. Ni a nadie.
- ¿Y cuál es el que escribe en silencio cuando la tarde se queda vacía?
Quería decir "El que escribe en silencio, solitario, abandonado, maldito y hechizado... el perdido que se ha encontrado". O decir "El que quiere volver a encontrarte en el futuro, cuando seas entera". Pero se quedaba corto todo lo que pudiera articular comparado con lo que ella leía en mí al mirarme.
Guardé silencio. Esa pregunta no se podía responder con palabras; requería quitarme la última capa de mi armadura. No como una derrota, sino como una desoladora liberación.
Su mirada verde se volvió más suave, casi humana por un instante, perdiendo ese peso milenario para volver a ser la niña de las estepas. Se acercó un milímetro más. Y fue ahí, entre el humo del celeste hierro caído y el calor que emanaba de sus once capas, donde el aire helado dejó de quemarme los pulmones.
Esta es la historia de cómo, finalmente, aprendí a leer el frío. Y le esperé.
Y sí, la volví a encontrar en el futuro. Pero esta historia vendrá otro día.

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